Historias de tribu:
“el hombre del desierto de piedra”
Samuel había cumplido 18 años, ya era mayor de edad. Había
llegado el momento que Sahib, su abuelo, tanto había esperado.
Desde que los padres de Samuel habían muerto, en una situación
fuera de lo normal, él se hizo cargo de su nieto. Y a su vez de una daga que
perteneció a su padre y también al padre de este y de esta forma nos podríamos
remontar a una época muy antigua.
Sahib cito a su nieto en la cabaña, en la cual lo esperaba
sosteniendo el preciado regalo. Samuel tendió las manos y recogió la daga
mientras escuchaba las palabras sabias de un anciano:
-
Cuida
bien de tu daga y ella cuidara bien de ti.
-
La
daga no es un arma de ataque pero te ayudara a defender tu honor y tu familia.
-
………
Tras salir de la tienda, Samuel, se acerco a la tienda de
Ramis, como era tradición en la comunidad.
“Si no tienes dinero no puedes comer, si tienes 20 cabezas,
no podrás apenas comer, con 40 no pasarías casi hambre y con sesenta vivirías
bien”.
Samuel al frente de 90 cabezas puso rumbo a su destino según
las indicaciones de Ramis.
El sol desfilaba en lo más alto. Tras varias horas de
caminar por las montañas llego al desfiladero que anunciaba: el camino por
recorrer es más corto. Cuando empezó a penetrar en el, tres hombres de una
comunidad vecina, le apuntaban con sus AK-47. Tras empujones, burlas y bromas a
su costa le arrebataron su daga y con ella su honor, su dignidad.
Samuel corrió a llevar las cabras a su destino, las encerró
y como alma que lleva el diablo regreso al poblado. Entre palabras sollozantes
intento explicar a Banu lo hechos acaecidos horas antes. Ante tal historia Banu
como hombre de la guerra llamo a Rahib y
emprendieron la búsqueda de la dignidad robada. Persiguieron durante un día
entero y parte de otro pero llegaron a los límites de la comunidad. Allí dieron con los tres hombres. Entonces comenzaron
los tiros. Banu sigilosamente consiguió deslizarse tras uno de los perseguidos.
Lo capturó, los otros dos consiguieron escapar. Al reo se le desposeyó del arma
y se le obligo a marchar sin ella. Profiriéndole así la misma vergüenza que el
había causado a Samuel.
Banu gran conocedor de las costumbres de las comunidades
vecinas les pidió a sus compañeros que aguardaran allí mismo.
Él tenía un amigo tras los límites de la comunidad y pensó
que debía informarle de lo ocurrido,
evitando así represalias. Allí se dirigió sin ningún tipo de arma ya que las
leyes dicen que no se puede matar a un hombre desarmado.
A su regreso Banu trajo con él noticias. En dos días se reuniría
el consejo de tribus formado por ancianos y jefes de las distintas comunidades
para intentar subsanar las ofensas cometidas y así evitar el derramamiento de
sangre.
El principal cometido es evitar las guerras y derramamientos
innecesarios de sangre entre comunidades vecinas.
Tras enunciar los hechos por ambas partes se inicia un
fervoroso debate entre los representantes de las distintas comunidades.
Entre groserías la comunidad vecina hizo un alegato
inoportuno y fuera de lugar. En ese momento el rey de las comunidades intervino
recordando que la posibilidad mas real era que lo acaecido formaba parte de una
venganza por hechos ocurridos en la guerra que se dio setenta años atrás.
Y este fue su laudo:
- “Hay actos lejanos, ya, en el tiempo que se deberían
quedar allí, lejos. Samuel recupero su daga y se repuso la ofensa con el
regreso del otro joven sin su arma. Por parte de este ya debería olvidar lo que
su antepasado contaba ya que la norma general en este tipo de historias es que la exageración sea directamente
proporcional a la cantidad de odio que se alberge por la misma. Estamos en tiempos de paz”.