1
Parado en medio, de este lago freudiano, la cabeza y barbilla altivas, los ojos perdidos. Mientras albergaba
una condición y su mente, su ente “Yo” relata historias perplejas de un pasado
que solo eso es, pasado y no presente.
Sus pies ya anclados en el firme de la ironía, despiertan entre
hormigueos y latigazos del sopor insípido al que años llevaban sometidos. Por
cobardes.
Ladeando uno de sus dedos consiguió que la mano y a su vez
el brazo siguieran su estela señalando la posibilidad del primer de su segundo
primer paso.
Creyó ir lanzado hacia una carrera por el abandono, en la
que cada instante parecía más lejano, más presente, más inerte mas eterno así
cual más vivo.
De esto hace ya no tanto tiempo, pero entre ataduras y
visillos en vigilia le acompañan. Día a día, noche tras noche.
Solo helo allí, aun sometido a ellas.
2
Cada mañana, todos tenemos una costumbre, la cual cumplimos
con fervosidad y alevosía. La suya era olerse el hombro izquierdo.
No mató a ningún hombre, no le apunto con una pistola y apretó
el gatillo. Su crimen solo fue amar.
Amar el Conocimiento, la Sabiduría, El Saber.
Aquel día empezó a notar que algo cambió, era diferente. Empezó
a oler las sensaciones. Ya era tarde, su mundo había cambiado a una continua y
creciente experiencia de eclosiones olfativas.