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AQUEL AL QUE OTORGÁIS LA GRANDEZA
DE LLAMARLE
DIOS
Me inculcaban que
todos formábamos parte del ternario, que todos éramos iguales, al igual que el.
Y yo les creía, a pesar que cada vez que me miraba al espejo (literal y
figuradamente) no podía obviar lo que mis ojos veían ante ellos. Los años
pasaron pero no sin pena ni gloria. Los conflictos internos aumentaban y el
dolor y el sufrimiento de tener que abandonar y dejar de lado mi verdadero yo,
se arraigaba en mis adentros.
Un día llegue a
olvidar en mi consciente la verdad de mi naturaleza, conseguí desterrar a otro
plano toda mi esencia. Hasta el punto, en el que me vi sumido en un abismo de
intolerancia hacia mi mismo. Caí en un pozo de desesperación y un halo de indecisión
comenzó a desterrarme de aquel mundo, de aquella vida y de aquella realidad que
siempre me habían dicho, que también eran los míos. Un día tras acumular
la suficiente rabia y desesperación y que mi consciente fuera capaz de entre
ver una minima parte de mi verdadero yo, retrocedí, y con paso firme,
asome la cabeza he hinque el hombro hacia aquel mundo que un día creí que
también era mío, pues las reglas doctrinales que durante todo mi
crecimiento me inculcaron todavía pesaban en mi raciocinio. Pero cuando parecía
que iba a recuperar lo que antaño me pertenecía, aquel al que le otorgan el don
del ternario, intercedió y me obligo a regresar, pues en aquel momento mi
verdadera forma, la esencia de mi yo era la que el día en que nací, me
pertenecía por naturaleza. Aquel al que le otorgáis la grandeza de la
generosidad, el amor, la bondad del pastor de la humanidad del poseedor de las
siete virtudes. Aquel que me hizo lo que soy, el que me rechaza y me odia,
aquel que no me perdona y el mismo que desde el mismo momento de mi fecundación
me regalo esta condena que me niega la existencia.

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