Licencia de Creative Commons
Memoria de una visión. Retrato de un cobarde by Manuel Peris Giner is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

Categories

Alma (106) Amar (36) Arrepentimiento (7) Cartas (17) esencias (20) Humano (91) Injusticia (30) Poesía (74) retrospección (42) Sociedad (83) Video (11)

domingo, 18 de diciembre de 2011

Memoria de una visión. Retrato de un cobarde.

                              “Are alife?”

                                                            

                                               -1-

                                                              
Corría el año 1995, la primavera empezaba a dejarse vislumbrar entre el  llevadero invierno. Y yo allí, absorto. Teniendo solo ojos para ella.
            Mi antiguo amigo Daniel y yo recorríamos las calles de aquel pequeño pueblo, al que no quiero hacer referencia. Al que podríamos llamar Deijin.
Allí, creo que empecé a nacer, contemplando aquella niña de ojos claros y pelo moldeado. 
Tal vez fue aquella nariz respingona que se elevaba hacia el cielo, o tal vez su media estatura que hacía más referencia a una niña que a una adolescente. Aunque sin duda, toda ella me embauco.
Por un instante logre olvidarme del lugar, del momento, pero la situación me recordó donde realmente estaba. Un gran estruendo me puso otra vez en jaque y regrese a la realidad, la fiesta del pueblo vecino. Una fiesta en honor a la virgen.
Deijin era un pueblo de unos 2200 habitantes. Era algo más turístico en la época estival que Friso.
Era un pueblo de casas bajas, ninguna tenía más de dos alturas y sus fachadas, no resultaban opulentas más bien algo austeras, aunque pintadas algunas, con colores vistosos: rojos, verdes, lilas, incluso en algún caso aislado el amarillo chillón.
Retomamos el camino que veníamos siguiendo, desde casa, en dirección a  “el bar”. En aquella época bebíamos cerveza Guiness.                                                                                                                                                            Al llegar nos encontramos con los demás y tras una serie de ida y venida de saludos, nos sentamos a beber.
Era un local muy bien iluminado, alargado, de unos 23 pasos. A la derecha se encontraba la barra, en la que siempre nos serbia la misma camarera, hecha de obra y alicatada en la parte frontal con motivos típicos de la región. La tapa estaba hecha en madera barnizada, la que ya contaba con alguna que otra hendidura efecto del paso de los años. Al fondo tras una puerta acristalada se encontraban los baños (un lugar al que después nos encontraríamos muy “apegados”).
            En fin, había unas ocho mesas, no era un local muy grande, de las cuales nosotros ocupábamos tres.


-¡Tres negras!-. Se escuchaba al fondo                                                                       
-¡Aquí dos!-. Decían junto a la barra.                                                                                    
Nadie podía darse cuenta pero yo, sentado junto a los demás empecé a sentirme solo.        Rodeado de amigos, aunque totalmente aislado. La gente no cesaba  de hablar pero yo, solo tenía oídos para el silencio. Mi mente empezó a cabalgar tras angostos caminos de emociones, de sentimientos, trajinando por una nueva adquisición, una ampliación de la memoria sensitiva, un nuevo brazo de la percepción sensorial. Algo que todavía no llegaba a comprender, y que tardaría mucho en aprender a utilizar.
Me quede mirando a Daniel y casi tan bajo como un susurro le pregunte:                                                                                                                           
-¿Te has fijado?, Dani.                                                                                                                             -¿En qué?.                                  
 Respondiódes   concertado.                                                                                                                     -¿No te has fijado en aquella chica?, ¿en la que salía de la puerta en la plaza, mientras tiraban los cohetes?                                                                                                                                            -No, la verdad es que no he visto a ninguna chica-.
Respondió despreocupado.                                                                                                        -     Yo sí, y te puedo asegurar que era lo más bello que jamás he visto. Iba a preguntarte si la conocías, pero ni siquiera la has visto.                                                                                                                                                                     Y Daniel esbozo una sonrisa en su rostro, de desconcierto y de incredulidad, dejando entrever que algo… sí había visto.                    
Tras beber unas cuantas cervezas negras, se acercaba la hora de volver a casa. Tras pagar la cuenta, regresamos a Friso en compañía de nuestras familias.                                                                                                              
Friso, un pueblo pequeño no más diferente que cualquier otro pueblo de interior. Situado al lado de Deijin, y a unos treinta y dos kilómetros de la capital de provincia.  Se encuentra en el centro de un valle, aunque con el paso del tiempo las canteras han ido haciendo desaparecer su perfil geográfico.  Esta plenamente dedicado a la agricultura, su término está cubierto de naranjos y melocotoneros, he insertados entre ellos unos cuantos algarrobos y olivos.
            Subí las escaleras, en dirección a mi cuarto, a ponerme el pijama y disponerme a dormir. Pero una necesidad imperiosa me hizo encender el radio cassette y ponerme a escuchar toda la música cincuentona de la que disponía. The five satins, Paul Anka, The Mellow Kings entre otros. Con  cada una de las canciones mi cabeza abandonaba lentamente el cuerpo, permitiendo que se aletargara en un profundo sueño.
A la mañana siguiente desperté, pude recordar mi sueño:                                                                     Yo en el pabellón central de mi casa, en el primer piso, caminaba hacia la escalera que lleva al piso superior.  En el momento en que me disponía a subir el segundo tramo de escaleras, gire cuarenta y cinco grados a mi izquierda y me detuve, observando la pared. Una sensación ajena me invadió, algo me decía que tras esa pared algún día se abrirá un camino el cual deberé recorrer.
Eran las seis menos cuarto y baje a desayunar.
     Como siempre mi madre me había preparado  un vaso de leche bien caliente,  encima de la mesa, con un paquete  de galletas para poder hacer  las famosas “sopas de galletas”. Una vez acabe de desayunar tome mi mochila con los libros  del instituto  y  fui a esperar el autobús.



-2-



Hacia algo de frío y las farolas empezaban a apagarse. El cielo comenzó a enrasarse y a dejar entrever los primeros rallos del sol, si a eso se le podían llamar rallos. Más bien parecían reflejos de un sol que todavía no calienta.
            Como todos los días yo era el único pasajero que el autobús tenía que recoger en esta parada. Encendí un cigarro mientras esperaba.   En cada calada, recordaba aquella muchacha que días atrás pude ver durante unos instantes en la plaza de la fuente. Un chirrido de frenos me alerto de la llegada del bus. Apague el cigarrillo y subí.
Me dirigí a la parte trasera sentándome en mi mismo asiento de todos los días, rodeado siempre de las mismas personas, en los mismos asientos, con los mismos hábitos incluso las mismas conversaciones.                                                                                                                                      
Deprimente ¿verdad? Y todavía faltaba una hora para llegar al instituto.                                   Pase la hora pensando en ella y cuando quise darme cuenta ya habíamos llegado y el autobús abría sus puertas para dejarnos salir.
Baje las escaleras, una vez mis pies tocaron el suelo, y mi cuerpo adopto esa particular postura. Los hombros abajo,  y la mirada en los pies, esa que te hace creer que pasas desapercibido y que nadie se fija en ti. Esa postura de defensa pasiva que el cuerpo adopta instintivamente, cuando cree estar entre una fatal amenaza.
 La gente.                                                                                                          
El instituto estaba situado en la ladera de una montaña, no muy pronunciada, donde los edificios se intercalaban con las aglomeraciones de pinos. En el centro del complejo había una construcción cuadrangular. La parte central  estaba hueca dejando espacio a un exuberante jardín de plantas autóctonas. El perímetro del edificio estaba dividido en aulas para uso extra escolar y del personal docente.
 Me dirigí al instituto “b” aula uno-tres, a la derecha del edificio central. Los edificios eran de hormigón, toscos y feos. No estaban pintados, solo el color del hormigón. Querían parecer modernos, pero más parecían una cárcel futurista que una residencia de estudiantes moderna.
Los edificios tenían tres plantas y en cada una de ellas había cuatro aulas.
El suelo estaba cubierto de baldosas compuestas de aglomerados de gravilla (para tener un aspecto más rural, más cruel diría yo. Una caída allí era todo un suplicio)
Subí los dos tramos de escaleras que llevaban al pasillo del primer piso. La primera puerta era un váter comunitario. En las paredes exteriores, derecha e izquierda, se encontraban los urinarios  y en su centro unas paredes separaban lo que allí llamaban váter.

Era una especie de plato de ducha, con dos elevaciones laterales en forma de pie y un agujero central. ¿Un váter?
La pared del fondo estaba completamente acristalada.  Bueno, acristalada no era, eran plásticos muy duros y gruesos que simulaban el cristal.                                                                                                                                                                       Tras pasar otra puerta ya me encontraba frente a mi aula, la uno tres. Vacile cuando me disponía a entrar mientras lanzaba una frenética mirada al interior, intentando advertir la situación.
            Me situé en un lateral del pupitre y deje la mochila en un asidero colocado a la derecha de la mesa. Tome asiento y al instante apareció ella. Destellante y lisonjera paseaba por mis pensamientos. Súbitamente un recuerdo me abordó. En la clase uno dos estudia gente de Deijin. Alicia.
Alicia, una chica a la que apenas conocía o más bien nada. Tenía algún año más que yo, dos creo. Era una chica de pelo rojo y rizado, con la cara ancha y llena de pecas, no de muy elevada estatura. Tenía un carácter muy reservado, yo ni siquiera la había escuchado hablar en público.
Intente relajarme y coger aire. Debía prepararme, no quería presentarme allí y quedarme mirando con la boca abierta siendo incapaz de articular palabra.
            Mil y una formulas pasaron por mí cabeza, pero a cual más disparatada. Verdaderamente llegue a desesperarme, la primera vez que me ocurría algo así y no era capaz de tomar una determinación en las formas. Tras veinte minutos de deliberación decidí no pensármelo más y dirigirme a la clase contigua para enfrentarme con parte de la solución a mi empresa.
Llegue frente a la puerta. Al dar un paso para franquearla note como por la parte posterior de mis orejas resbalaban dos gotas vacilantes, inapreciables a la vista. Pero muy patentes a mis sentidos. Alce la vista y allí estaba en una mesa frente a la del profesor. Cabizbaja se afanaba entre libros y libretas. Me coloque a su lado y de la forma más sutil que pude emití un leve sonido que intentaba simular una tos. Ella, entre sorprendida y segura me miro, esperando que yo hablara.
-Ho…, Ho…, hola- Dije balbuceando.  Pero ella no respondió solo me miraba desconfiada, expectante.
-hola – incidí.
 – Quería hacerte una pregunta: ¿Sabrías decirme como se llama…
Continué explicándole todo sobre aquella noche, pero tan solo pude conseguir un nombre. Belén, una posible amiga de ella. Lo bueno, era que a Belén tampoco la conocía. De vista, sería algo más fácil. Durante las horas lectivas no pude obviar el hecho de saber un poco más sobre la muchacha de la plaza de la fuente en Deijin.
El día paso más lento de lo habitual. Contra más se acercaba el final de las clases, más intranquilo me encontraba. Una fluctuación de sensaciones recorría todo mi cuerpo una y otra vez, como una secuencia repetida, sin pausa.
El timbre, un sonido desagradable, parecido más a las sirenas de aviación de las películas bélicas, sonó advirtiéndonos del final de la jornada escolar.  Con prisas y corridas recogí mis cosas, las coloque en la mochila y salí a trompicones hacia la parada del autobús.
Una vez en friso, después de dejar la mochila en casa y saludar a mi madre.
Salí de allí como un rallo en medio de una tormenta en busca de la ya nombrada.
Durante tres infinitas horas ronde por las calles de Deijin sin lograr verla, sin encontrarla. Ni a ella ni a ninguna de sus supuestas amigas.
Volví a casa y sin ni siquiera cenar subí a acostarme. Durante el ritual que ejecutaba todas las noches para poder dormir, mi cabeza se desboco conduciéndome por un sinfín de pasillos y habitaciones.
Parecía un almacén o más bien un archivador gigantesco. Todo era un sinfín de cajones, de puertecitas, pero fui incapaz de detenerme para poder ver que escondía en tan lúgubres estancias. Y caí, caí rendido en la cama durmiéndome prácticamente sin darme cuenta.

                                                                                


                                                            -3-


           
Amaneció un día esplendido, pero yo no me encontraba muy católico, más bien algo melancólico. Era más parecido a un autómata que a un ser humano.                                                                                                                       
Al regresar del instituto, no pude evitar mirarme al espejo. Ví al mismo chico de un metro setenta y ocho, ojos claros, pelo castaño oscuro y desaliñado, de unos setenta y siete kilos de peso. 
Me mire de frente, de perfil, desde arriba y desde abajo. Tenía los ojos achinados con unas ojeras de dos dedos, el ceño algo fruncido y barbita de cuatro días. Seguramente en el diccionario, a un lado de la palabra desaliñado, estaría mi foto. Aunque más que una foto era toda una estampa pero tan solo podía pensar:                                                                                           ” ¿Cómo un chico como yo podría conseguir esa joya oscura?”
            Salí de casa dispuesto a hablar con Belén, y así fue. La encontré caminando frente la casa del ex marido de mi tía Carla. Me acerque como un bandido, la aborde y de un modo atropellado y deshilachado intente explicarle la razón de mi acercamiento 

                                            

                                          -4-

Abrí los ojos y todavía podía recordar los sueños de la noche. No eran imágenes, si no improntas emocionales.
Debía retomar el camino a Friso, muchos kilómetros me separan todavía de mi destino, mi casa, mi hogar. Recogí mis cosas, las puse en mi mochila de viaje y, empecé a caminar.
El paisaje en esta época del año resultaba extrañamente hermoso, lo mejor era el canto de los árboles mientras se desprenden de su ropaje estival y se ponen su pijama de otoño en colores marrones y ocres. Los susurros de las plantas que con sus distintas voces, colorean un ambiente sonoro único, onírico.
Tras una larga caminata, ya era hora de comer. Estaba llegando a un pueblecito de aspecto amable y poco habitado. Había oído hablar de este. Me habían hablado maravillas de las gentes que la habitaban y de su excelente comida. Así que me dispuse a adentrarme en él y darme una buena comilona.
Resultaba acogedor aunque ajeno. Todo estaba hecho en madera oscura, mesas, sillas, paredes. Las lámparas que iluminaban el local eran tejas decoradas con motivos representativos de la cotidianidad de un tiempo pasado y la camarera. Se acerco para tomar nota, parecía como sacada de un videoclip de los años ochenta. El pelo cardado, hombreras, maquillaje en exceso, camisetas anchas y un vaquero arremangado.
Cada mordisco evocaba la misma imagen, deje de comer y preste atención, los olores o los sabores no eran capaces de hacer esto.  Solo necesite un segundo. Ellos otra vez aquí, la energía es mas intensa y la comunicación mas fluida. Empecé a notar como mis pilas se cargaban y se estabilizaban mis polaridades.
Decidí descansar aquí.